LA SUBSIDIADA COPA AMÉRICA que hoy la copa se mira y se toca…

 Por Pappalardo

 

La Copa América seguirá por mucho tiempo más siendo el baluarte de uno de los más grandes triunfos deportivo tan escaso en nuestro país como una educación gratuita y de calidad. No es casual que hayan tenido que pasar más de 100 años para que Chile se apropiara de este trofeo, que no solamente ha transitado por las canchas y los pasillos del fútbol, sino que en un frenesí pocas veces visto, también por La Moneda, la Corte Suprema y pronto dará inicio a una gira territorial para que los chilenos podamos decir que al fin “se mira y se toca”.

Así las cosas, nadie debiera sentirse molesto por la conquista de esta copa que contribuyó a mejorar nuestra autoestima. Sobre todo, en momentos que en el país se cierne uno de los episodios contrarreformistas más llamativos que se haya atrevido a ejecutar un gobierno, y que tuvo un input de poco más de un año, antes de entrar en franca capitulación.

Detrás de la Copa América, sin embargo, es bueno revisar cómo la lógica del modelo de mercado se ha impuesto sin contrapeso alguno. La vieja máxima de “las ganancias me las llevo yo y las pérdidas se socializan”, alcanzan en el fútbol profesional chileno una de las expresiones más viles del sistema dominante.

Donde se jugó el torneo continental, con fondos fiscales, se reconstruyeron seis estadios sedes: Antofagasta, La Serena, Valparaíso, Viña del Mar, Concepción y Temuco. El gasto total para que estos recintos quedaran remodelados y acordes a las exigencias de la FIFA y la Conmebol fue de $110.000 millones. Cifra que supera varias veces  los presupuestos de rehabilitación infantil, los del SENAME y los del SENDA juntos, todo ello pensando que si la mejor forma de impedir que los jóvenes delincan y/o se involucren en las drogas, como primera definición, el fomento de las actividades deportivas masivas es esencial, además del término de la desigualdad y la discriminación, lo que no se logra a través del fútbol profesional.

Los otros dos estadios en Santiago donde se disputaron  fechas del campeonato continental fueron el Estadio Nacional y el Monumental; este último pertenece a la Inmobiliaria Colo Colo y viene a ser el único “privado” lo que muestra el estado de subdesarrollo de una industria como lo es el fútbol local, fútbol que, paradójicamente a nivel de Selección Chilena en el período 2014-2015, ha recaudado US$181 millones de dólares, sea por bonos FIFA por clasificar al Mundial de Brasil, por proceso eliminatorias, derechos de televisión nacionales e internacionales, sponsors de la camiseta, convenios publicitarios varios y ahora la Copa América.

Añadamos a estos fondos los que las instituciones públicas le aportan sin costo alguno como es la fuerza pública, la prolongación de los horarios del Metro y una muy curiosa forma de subsidiar que fueron la compra de entradas garantizadas por el Estado, sea para la Copa América y el próximo Mundial Sub 17, que próximamente se jugará en nuestro país.

Los dineros que es capaz de generar el producto estrella del fútbol chileno son muy altos y se diluyen en dos grandes brazos: por un lado los protagonistas que son los jugadores y el cuerpo técnico, que perciben premios equivalentes a los que pagan las más grandes selecciones del mundo, y la Federación de Fútbol de Chile, que no es auditada por terceros ni comisiones independientes y que administran los mismos dirigentes del fútbol.

Recuérdese, de paso, lo que ha pasado en la FIFA y los casos de corrupción que se han conocido por la investigación de la justicia norteamericana, de dirigentes que por décadas han actuado sin control ni límite, tal como ocurre en Chile.

El otro brazo que percibe parte de esos millonarios ingresos son los denominados clubes “profesionales”, los cuales en su gran mayoría son hoy en día Sociedades Anónimas Deportivas. Estas profitan sin costo de la infraestructura que les entrega el fisco de los estadios nacionales, de la fuerza pública presente en los partidos y de la reposición que periódicamente debe hacer a través de los municipios del mobiliario urbano destruido por las llamadas “barras bravas” y daños a los estadios que son de propiedad fiscal.

En otras palabras, un negocio redondo que produce a los accionistas utilidades mayúsculas, merced al subsidio que reciben de todos los chilenos más que a una brillante gestión empresarial. Baste comentar que la Universidad de Chile, en manos del Grupo Bethia, no tiene estadio propio y el de Colo Colo, que es el otro “grande”, fue construido por las antiguas administraciones; desde que se privatizó, el aporte a la infraestructura del club más popular de Chile ha sido ínfimo por quienes han sido sus controladores, entre ellos, el empresario-político Sebastián Piñera y León Vial, ex vicepresidente de la Bolsa de Comercio, y quien hoy enfrenta querellas varias por su implicancia en las fraudulentas maniobras de las sociedades “Cascadas” de Ponce Lerou a través de su corredora de valores Larraín Vial.

De los 32 clubes “profesionales” del fútbol chileno, los estadios privados son Monumental de Colo Colo, San Carlos de Apoquindo de Universidad Católica, Santa Laura de Unión Española y Las Higueras de Huachipato.  El resto construidos, remodelados y mantenidos por todos los chilenos que no reciben los beneficios de los accionistas controladores de la Sociedades Anónimas Deportivas…

Mientras, sigamos celebrando que la Copa América hoy se mira y se toca…

 

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