LA OSADÍA revolucionaria del MIR

LA ESTACA Nº3 Marzo 2016

Por Frank García Hernández.

Licenciado en Sociología. Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, La Habana.

 

Me gustaría comenzar recordando aquella consigna de cierta guerrilla brasileña: “Atreverse a luchar, atreverse a vencer”. En portugués sería ousar lutar, ousar vencer. Una lastimera traducción al español deviniese en osar luchar, osar vencer. Viéndolo de esta manera, cobra una significación un tanto diferente, cuando nos propone que tengamos la osadía de luchar, que tengamos la osa- día de vencer.

Si bien osadía y atrevimiento  no son sinónimos, pueden derivar en el súmmum de la irreverencia. La irreverencia, es el sine qua non del revolucionario, no se puede comprender un revolucionario, sin la irreverencia en sí.

Desde la irreverencia nacen los hombres y mujeres que nos resultan imposibles de ubicar en el mínimo plano de la sumisión. Así surgen los Sendic, los Santucho, los Miguel Enríquez; así surgen casi en el mismo año el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, en Uruguay; el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo, en Argentina; y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en Chile. Los tres, tienen en común la amalgama de las izquierdas heterodoxas. Ellos no colocaron limitación para aceptar en su constructo ideológico a los marxismos, al leninismo, al trotskismo, ni fuentes del anarcosindicalismo.

Es sobre los rojinegros chilenos, y su correlación no solo con el momento de ellos, sino con nosotros, los jóvenes cubanos de hoy, que acercaré mis ideas a ustedes.

Asumir a Trotski ya era de por sí, en esos tiempos, una solemne impertinencia a la nieve moscovita con que jugaba Brezhnev. Pero esos muchachos, ya habían leído, ¡qué pecado!, La revolución traicionada, y se dispusieron a hacer una revolución donde al menos no fuesen ellos los termidorianos.

Y no fueron los muchachos que conducía Miguel, precisamente, los medrosos termidorianos chilenos. Me los imagino encontrándose con el fragmento del libro redactado por Lev Bronstein1 en 1937, en específico cuando se hace referencia a cómo fue sofocada la rebelión de Kronstadt en marzo de 1921, represión que condujo, como medida excepcional, a la eliminación de las fracciones dentro del Partido Bolchevique, pero de manera excepcional sin que se ahogara, al decir del autor, “la vida interior del partido”. A recordar, no eran marinos blancos, sino bien rojos los que se habían hecho de la guarnición.

Por desagracia, sabemos lo que continuó, el bolchevismo concluyó asfixiado por los mismos burócratas que engendraron sus más altos dirigentes, algo que Rosa Luxemburgo les había prevenido.

Cito a Trotski: “La prohibición de los partidos de oposición produjo la de las fracciones, la prohibición de las fracciones llevó a prohibir el pensar de otra ma- nera que el jefe infalible”.2

Para nada era esta la nueva sociedad que la izquierda revolucionaria nucleada entorno a Miguel Enríquez, Bautista van Schouwen o Nelson Gutiérrez proponían a Chile. No existía el jefe infalible, no se proponían eliminar a estos o aquellos. Existían, sí, y existen, los enemigos de clase, los imperialismos, que no tienen bandera porque hay dos, tres, muchos imperialismos; esos eran y son los enemigos, pero se pensaba y se piensa en el amigo, existía y existe la palabra compañero. Y a los compañeros no se les lleva al paredón por pensar diferente.

Estamos hablando de una organización que nace en la ciudad de Concepción. Los hermanos  Enríquez eran hijos del entonces  rector de la Universidad allí, quien en el gobierno de la Unidad Popular fungiría como ministro de Educación. En tanto que Nelson Gutiérrez a la sazón era el presidente de la Federación de Estudiantes de Concepción. Salvando ciertas distancias, pudiéramos entender al MIR como el Directorio Revolucionario 13 de Marzo en Cuba, aunque hallaríamos en esta comparación sustanciales diferencias en el plano del cuerpo ideológico, no así en su accionar como organización armada y de jóvenes revolucionarios. Organizaciones que, para más similitud, ni esta o aquella fueron jamás anticomunistas, pero sí, y que no quepa duda alguna, antiestalinistas.

Los Comandos Comunales  guardan  una gran semejanza con la democracia de los primeros  sóviets, los llamados Consejos de Obreros, Soldados y Campesinos. No en balde se llamó a construir  otra legalidad, no en vano se examinaba con profundidad El Estado y la revolución.3 Era preciso y con urgencia la construcción de otro Estado revolucionario, como mismo era preciso y con urgencia comprender la estrategia a seguir frente a un Estado burgués al que por voluntad democrática se forzaba a iniciarse en el socialismo por vías legales.

El pensar con diferencia y desde la diferencia, los condujo al antidogmatismo. Otro pecado. En épocas donde las organizaciones políticas de izquierda se suscribían a la línea soviética, china, albanesa o cubana; donde aparecían libros verdes y libros rojos, leer tanto a Lenin como a Trotski y a la vez incorporar al Che en su pensamiento y acción, no era la norma. O coexistencia pacífica o la guerra popular prolongada. Mas, ni eran maoístas, ni trotskistas, ni existió casilla alguna para engavetarles su ideología en este o aquel escaparate.

Una valentía de ese pensamiento libre es el que requerimos con urgencia en la Cuba actual, cuando se atemorizan algunos por ver graffitis en las calles, con alto valor artístico, pero como el autor no ha pedido permiso, pues no sabe ni sabrá qué es pedir permiso, se le mira mal. Cuando lo que está mal, es el mal mirarles, el no creerles. Ha sido nuestra culpa. Y es de revolucionarios creerles porque ellos son jóvenes, y son jóvenes cubanos, irreverentemente revolucionarios, osadamente cubanos.

Obviaré por razones decorosas el nombre de cierto centro donde, durante una velada en un no lejano nueve de octubre, in memoriam de nuestro argentino mayor, tras proyectar fotos de Che Guevara y, junto a ellas, desnudos de Tina Modotti y palabras del Subcomandante Marcos, no faltaron quienes tildaran a la actividad de desviación ideológica.

Bien sabemos los que nos hemos colocado esta digna camisa de once varas, que la revolución no es un paseo por el jardín. Tampoco estoy deseoso de convertirme en una fría máquina de matar, ciertamente no. Me vienen a la mente esos versos de Fina García Marruz, de su poema En la muerte de Ernesto Che Guevara, que recogen una frase guevariana, “[…] retrocedimos espantados. / El respeto se convirtió en recelo, todo se volvió aún más confuso”.

De esa confusión provengo. Ese es mi parto. Para colmo, nací en los ochenta, cuando creíamos que era la época dorada y realmente gozábamos sin saberlo de los estertores de lo que fue el sueño de los bolcheviques. Yo también vengo de ese sueño. Yo también asumo tanto el bolchevismo como la mambisada.

Como bolchevique cubano, se me encrespan más las ideas que los cabellos.

¿Puedo acaso ser martiano y ser leninista a la vez? Vaya neurosis la mía, vaya herencia ideológica neurótica, pero no la rechazo, habrá que ser muy irreverente para asumirse en esta Cuba, martiano y leninista. Irreverente, para asumir a la Cuba de hoy. Ambas se complementan, siempre y cuando sepamos articularlas.

Con la duda y la irreverencia al hombro, me topé hace años con la historia de los miristas, con su bandera roja y negra, bien un guiño a la Revolución de Fidel, bien un guiño a los milicianos de Durruti.4

El MIR, que en un principio solo era aquella foto de Miguel en el periódico Granma durante una entrevista, creció hasta saberle en carne y hueso y oírle hablar de la población Nueva La Habana. Más tarde, me lo topaba en el testimonio de Paulo Freire.

Pues hasta esa población llegaría Paulo Freire, cuando acá, en esta Habana, la educación popular se prohibía de manera tácita. Ya sabemos que los años setenta en Cuba fueron grises, ese no es el tema que nos convoca hoy. Pero saltando aquella grisura, otra comuna, quizá del mismo coraje de la parisina, se levantaba en Santiago de Chile. De esos nuevos comuneros, digámosle así, dijo Freire en Pedagogía de la esperanza:

Tuve oportunidad, en 1973, de pasar una noche con la dirigencia de la población de Nueva La Habana, que, al contrario de lo que se esperaba, al obtener lo que reivindicaban, su vivienda, continuaba activa y creadora, con un sinnúmero de proyectos en los campos de la educación, la salud, la justicia, la seguridad, el deporte. Visité una serie de viejos ómnibus ofrecidos por el gobierno, cuyas carrocerías, transformadas y adaptadas, quedaban bonitas y eran convertidas en escuelas que atendían a los niños de la población. En la noche, los ómnibus-escuelas se llenaban de alfabetizados que aprendían a leer la palabra a través de la lectura del mundo. A pesar de la incertidumbre, Nueva La Habana tenía futuro, por eso, el clima que la envolvía y la pedagogía que en ella se experimentaba era la de la esperanza.5

La cita habla por sí sola de quiénes eran esos comuneros santiaguinos.

Ya sabemos que nunca fue el sectarismo lo que caracterizaría al MIR. Incluso, ante la muerte de Arnoldo Ríos, estudiante de la Universidad de Concepción, a manos de jóvenes comunistas, el pronunciamiento del Secretariado Nacional mirista, recogería en su tercer punto:

Entendemos que la serie de acontecimientos que llevaron a la muerte del compañero Ríos no representa la línea política del Partido Comunista ni de la Unidad Popular. También entendemos hoy como siempre que el enfrentamiento entre la izquierda solo favorece a la derecha y al imperialismo que hoy busca crear las condiciones para una contraofensiva reaccionaria y sediciosa, los que evidentemente intentarán aprovechar el incidente para servir a sus intereses reaccionarios.6

Cabría destacar que el asesinato del compañero Ríos fue a solo tres meses de la victoria electoral de la Unidad Popular que encabezaba el compañero presidente Salvador Allende. Con solo cinco años de fundado, el MIR daba una fuerte muestra de madurez política, ante una situación en la cual otros aparatos políticos hubieran contestado con la ley del talión. Sin embargo, esto no significaría que habían envejecido ni olvidado a los suyos. Nelson Gutiérrez, en el discurso de bienvenida al Comandante Fidel cuando visitó la Universidad de Concepción, haría mención del suceso al recordar que: “Este movimiento estudiantil, en el camino de su historia, ha tenido que entregar su cuota de mártires al sectarismo, como Arnoldo Ríos”.7 Y termina lanzando la consigna: “La izquierda unida jamás será vencida”.

Es preciso hacer este llamado de atención, este recordatorio, pues en disímiles ocasiones se ha pretendido tildar a los militantes del MIR de extremistas que desajustaban el proceso democrático chileno.

El pueblo unido no sería vencido, pero para lograr la unidad de ese pueblo era preciso que las organizaciones de las izquierdas entrevieran la unidad.

El discurso de acogida a Fidel en la Universidad de Concepción dista de los clásicos homenajes donde al visitante se le muestra todo limpio e impecable. En aquel discurso Nelson Gutiérrez fue bien claro al exponer: “Comandante, este es un país en guerra […] que no podrá terminar sino con la victoria o la derrota de los dos grandes campos en pugna”.

Aquel enfrentamiento de clases, en ocasiones abierto, en otras, soterrado, tuvo un desenlace fatal. Quizá más de lo esperado.

Esos hombres y mujeres, que por amargas circunstancias casi se tornan frías máquinas de matar, a qué mentirnos, en el fondo hoy sabemos que no lo eran, porque a ellos mismos no les gustaba ir hablando de esa maquinaria, aunque Carlos Marx afirmara que la violencia es la partera de la historia.

Hoy, esos hombres y mujeres se encuentran en las palabras atrevimiento y osadía, y atrevidos y osados. Desde donde estén, pintan un sueño, más atrevido, más osado, se lo regalan a otros jóvenes, y el sueño es nuestro, y la vida es vida, y la muerte es nunca.

1 Lev Davidovich Bronstein (León Trotski, 1879-1940). (N. de la E.)

2 León Trotski, La revolución traicionada, Pathfinder Press, Nueva York, 1992, p. 116

3 V. I. Lenin, publicado en Obras escogidas en tres tomos, t. 3, Editorial Progreso, Moscú, 1979.

4 Buenaventura Durruti (1896-1936). Fundador y máximo dirigente de la Federación Anarquista Ibérica-Confederación Nacional del Trabajo.

5 Paulo Freire, Pedagogia da esperança, Paz e Terra, Rio de Janeiro, 1992,

  1. 12. (Traducción de F. G. H.)

6 Cristian Pérez (comp.), El MIR visto por el MIR. Primera parte, Escaparate Ediciones, Santiago de Chile (s. f.),

  1. 368.

7         Ibídem, p. 407.

 

 

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