Reflexiones sobre la violencia de los cuerpos en la música

LA ESTACA Nº5 – 2016 – Pág32 – Cultura

Reflexiones sobre la violencia de los cuerpos en la música

Por Anamaria Tijoux Merino

 

No hay forma de no contorsiones en el estomago, de no sentir en ese estremecedor temblar, en los espacios mas recónditos de la piel donde no se estrujan el mirar ante la sobre información en el televisor, a la muestra en cadena de carne humana en los que llaman los video clip.

No se logra dejar fuera la violencia corporal y que no entre por la iris, ni se logra que no se nos derrame una cierta incomodidad permanente al visualizar las siluetas féminas y como se nos presentan con laborioso detalle cada espacio de cuerpos con el tan anhelado objetivo de provocarnos.

Los ojos se deslizan por los rincones de la pantalla, las bocas se humedecen dejando sonrojar hasta los más tímidos pixeles al son de un tiempo esquizofrénico donde los deseos encienden los faroles de la penumbra y el fantaseo generalizado da espacio y pie a una cadena incesante en una marea de mujeres ardientes ansiosas de contacto al pasearse por retazos de canciones pop que destripan aquella belleza de una canción que tenía aquella capacidad de hacer temblar el corazón del alma.

No se trata de música, no se trata de composición, no se trata de versos, ni se trata de arte. No se trata de una danza perfecta en punta de acordes furiosos, ni se trata de armoniosas interpretaciones, no se trata de canciones valientes, ni se trata de textos compuestos en sones capaces de hacernos cabalgar ante la intemperie de las emociones.

Esto se trata de golpes visuales, se trata del arrebato a la belleza misma de la mujer, se trata de notas repetitivas pegotes, un formato chicle impreso en nuestro frontis con esa extraña capacidad de hacernos cantar y masticar coros bajo la droga de una industria musical que ha empleado el efecto repetición.

Estamos viviendo una era donde la velocidad del mundo no da espacio alguno para saborear los minutos de una bella canción, estamos en una época donde todo es rápido, todo es inmediato, todo es ahora ya, en este mismo instante, donde debemos apresurarnos para correr sobre el tiempo y donde las agujas del reloj siguen en una carrera interminable cabalgando de forma enfermiza.

No debemos pensar, pero debemos avanzar, no sabemos mucho donde pero debemos cumplir tan anhelado tiempo ensordecedor. Debemos ser jóvenes y deseables, debemos ser nuevos y desafiantes, debemos tocar con las puntas de los deseos el ansiado éxito y debemos, a como de lugar, seguir el patrón del tiempo y sus costillas.

Y la música no esta exenta de este nuevo modo operante delreloj mundial, más bien la música debe cumplir la misión imperante e inamovible de no sólo acompañar nuestros días sino de empujar nuestros cuerpos al orden de esta rapidez incuestionable.

La música popular mainstream y sus rostros –tal rostro de campaña– deben comernos completos, provocarnos hasta el extremo, tragarnos la inocencia, asesinar la espera, aniquilar la magia del sentir, asfixiar la lucidez y empujarnos hacia los brazos de estos nuevos tiempos acelerados.

Debemos estar congelados, mudos y atónitos ante los inminentes golpes de una industria musical ansiosa de ya no estimular sino de desafiar al hombre en su deshumanización ante las artes.

Las artes no se cuestionan, no se matan, se reproducen fórmulas musicales probadas donde la misma temporalidad de las canciones, duran tres minutos asumiendo que nuestros oídos se han desgastado ante “la cultura de la basura” como decían Los Prisioneros.

La llave maestra es la repetición y la reproducción permanente, llaves que abren todas las puertas de un mercado ansioso de transformar al máximo el ser humano en una maquina de producción.

Los videos musicales son un ejemplo evidente de esta situación. Los cuerpos no son cuerpos, los rostros no son rostros, las sonrisas no son sonrisas, las bocas no son bocas, son labios atrofiados en aceites, los muslos son músculos exagerados ante el lente de una cámara logrando confundir el cuerpo a un animal en celo.

Los cuerpos se funden en una masa logrando deformarse los unos a los otros. Las niñas no son niñas, y las mujeres no son mujeres, son niñas con actitud dual, maquilladas como grandes, sobre exageradas en cada pestañear y exacerbadas en su condición de “ niña adulta”. Quien logra hacer el video más provocativo, quien logra mover las caderas de manera más ágil y quien logra frotar con más sexualidad sus caderas a la muralla mirando de forma provocadora nuestros ojos.

Las cejas masculinas se alzan, las mejillas se sonrojan y las miradas apuntando a la mujer termina siendo una balacera de deseos lujuriosos donde la mujer no es mujer sino un objeto de lascivos deseos. Y nos tragamos este patrón generalizado convencidas que esta forma de dialogar con el mundo es el lenguaje que debemos adoptar con el resto.

La agitación generalizada acelera el palpitar colectivo, las entrepiernas abiertas de las cantantes rendidas en el suelo y los clichés de hembras transformadas al mismo nivel de cosas que los autos lujosos en la pantalla son un modo no sólo operantis sino que totalmente asumido en el común social. Son los nuevos tiempos de la violencia del cuerpo.

Cada cantante compite en un juego infinito de provocación. Ya nada es suficiente, y ya nada es poco, el todo es el objetivo y tejer un nuevo desafío de más alto nivel, de quien es capaz de mostrar más y más, quien logra las contorsiones más extremas de la manera más circense, quien es la más deseable, cual es la más objeto y cual tiene la mayor capacidad de anular la más bella femineidad para transformarla en algo y no alguien.

Dónde están las canciones y los videos mostrando mujeres en su rol de hermana, a la mujer en su rol de contenedora, de maestra de economías familiares, de hija esforzada, de abuela digna en su condición de vejez, de niña reflexiva ante el mundo, de trabajadora ejemplar, de pobladora organizada en espacios comunitarios… dónde están?

Dónde están las mujeres en estos vídeos? Dónde esta tu hermana allí? Dónde esta tu madre? Nos reconocemos? Nos encontramos en el otro? Y es que esta caja de ilusión, este cuadrado de imágenes superpuestas ha logrado acaparar los videos repetitivos en una burla de la realidad.

Sobre violenta, sobrepasa, sobre aplasta y desgarra ver como nos han macheteado la imagen, nos han usurpado el derecho a envejecer, como si las arrugas fuesen una enfermedad contagiosa, nos han quitado el encanto del paso del tiempo en nuestros rostros en estos espacios.

No tenemos derecho a envejecer, ni a sentir la magnificencia del tiempo en el cuerpo, ante el paso de un tiempo tiempo en el cuerpo humanizado que coexiste con la condición y el derecho al ser.

Somos madres y somos hijas, somos hermanas y somos vecinas, somos tu compañera y somos tu amiga, somos mujeres.

La violencia en como se nos desfigura, se nos distorsiona y se nos presenta ante el mundo es una violencia silenciosa, asumida, una violencia aceptada y permitida, una violencia repetida y desgarrada.

Muchas viven atormentadas al terrible e implacable paso del tiempo, al miedo imperante de ver ese tiempo preciado pasar sobre nuestras pieles, haciendo pelear al mismo cuerpo contra la vida y luchando contra la existencia misma.

Vivimos en medio de un maltrato social generalizado donde el terrorismo de los medios han acechado de forma asesina el ser mujer.

No se debe opinar mucho, no se debe cantar muy fuerte al temor a que las ideas se expandan como una cosecha de reflexiones para un despertar inminente de nuestra condición.

El machismo de los medios es una de las formas más capitalistas de control de la emancipación de la mujer. Una mujer emancipada es una mujer peligrosa, una mujer que logra amenazar un sistema completo con sus desfiguraciones y que logra poner en jaque la posibilidad de libertad. Porque no hay nada más capitalista que el machismo.

Es el capital del hombre ante la mujer. El cuerpo masculino es el poder, es la dominación, es la colonización, es lo que denigra y somete. Las mujeres por el contrario debemos cumplir las ordenes, cumplir las expectativas físicas y de forma muy bipolares, morales y conservadoras.

Ante ello es tarea diaria, como un tejer desde todos los oficios, recordar, reflexionar, cuestionar y poner en debate esta normalización de la violencia. Entendiendo que la educación no se ejerce no sólo en las salas de clase sino que en todas las plataformas de espacios educativos.

Los cantores tenemos la imperiosa tarea de dar un vuelco a través de nuestros cantos y de nuestras letras, tenemos que poner en la palestra y despertar el pensamiento crítico, recordar con bella responsabilidad la razón de nuestra voz, asumir la luminosidad del paso del tiempo en nuestras melodías y en la manera en que componemos. Dejar el tremendo elixir del sentir acaparar cada espacio de diálogo con el público y mecerse en los brazos del crear.

Las artes deben cuestionar, deben pensar, sentir y hablar con el mundo. Un arte sin ese diálogo permanente, vive el imperante peligro de caer en el foso de la publicidad. La música debe ser libre en su totalidad y ser libre de sí misma, ser libre de patrones, de fondos y formas.

Por ello es de tremenda importancia que nuestras creaciones se despeguen de nosotros mismos y que logren dialogar con el universo y que cada verso que tejamos y el maravilloso oficio del cantar tenga “sentido y razón” como bien decía Víctor Jara.

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