Un gato de siete vidas

LA ESTACA Nº5 – 2016 – Pág24 – Memoria

Un gato de siete vidas

 

Por Cristian Bustos

 

La polvorienta cancha de fútbol del Internado Nacional Barros Arana, lugar al que diariamente se concurría a fumar después de los almuerzos, en una suerte de pacto tácito con las autoridades del colegio donde no habría inspectores, comenzó a partir de 1966 a ver una singular figura delgada, pelo ondulado, peinado hacia atrás, en un estilo ya superado para la época por la influencia de los Beatles, y de grandes ojos verdes, que corría y corría sin cesar alrededor del alguna vez “pasto”, mientras los fumadores observaban entre asombrados y burlescos a este fondista de largo aliento que a diferencia de ellos no fumaba y sudaba diariamente en la tierra.

La cancha de fútbol estaba situada a espalda de la Basílica de Lourdes, desde donde se observaba su inmensa cúpula al tiempo que corría por calle Santo Domingo, pasado Matucana y frente a la Quinta Normal. Más de una vez se intentaron fugas que la mayoría de las veces se vieron frustradas y sus autores debieron cumplir largos encierros por varios fines de semana como sanción. Sin embargo, a fines de los 60, se realizó más de algún escape exitoso para cumplir tareas en las incipientes organizaciones revolucionarias.

Ese era el escenario que desde que tenía 12 años Renato Alejandro Sepúlveda Guajardo, trotó millares de veces con la esperanza de transformarse en digno representante del equipo de atletismo del INBA, en las pruebas de fondo y mediofondo, sitial que logró, mostrando esa enorme voluntad y perseverancia que mantuvo hasta el final de sus días en la “Venda Sexy” y Villa Grimaldi, donde se le perdió el rastro en julio de 1975. Sin duda, en sus esfuerzos de atleta emulaba la voluntad del “Chino” Gallardo, miembro del equipo de gimnasia del INBA, militante del MIR y que muriera en un accidente en el camino a la mina “El Teniente”, cuando formaba parte del GAP en los años de la UP.

El “Gato” Sepúlveda, apodo que se ganó en el séptimo “A” en un colegio donde la letra definía a los que llegaban con las mejores notas desde la enseñanza básica no demoró mucho tiempo en hacerse conocido en esa pequeña ciudadela de casi dos mil alumnos. De gran inteligencia, buen deportista y mejor alumno en pocos años ya era una figura familiar en el internado, por cuanto ese tipo de cualidades eran bien evaluadas en esa sociedad cerrada que acostumbraba a hacer sentir a los “inbanos” –buena parte originarios de provincia– como integrantes de un grupo de elite de la educación chilena, siendo uno de los últimos bastiones de la influencia del Partido Radical y la Masonería en la educación pública, que luego fue arrasada por la dictadura.

Frecuentemente sus autoridades mencionaban como un estímulo a los “ex alumnos” que ocupaban cargos importantes en el parlamento, o como ministros de Estado, en la Alta Dirección Pública, la diplomacia y el mundo académico.

El “Gato” de piel morena, no muy alto y de piernas arqueadas –por lo que después en el MIR lo bautizaron como “Chueco”– corría por los pasillos con su delantal blanco que a fin de año no era más que retazos grises… Se podía permitir esas licencias reservadas para los mejores y cuyas notas le indicaban al omnipresente Consejo de Profesores, que serían altos los puntajes en la PAA, tal como ocurrió años más tarde.

Muchos recordaran su liderazgo en la “academia de Biología”, que aparte de hacer sufrir a algunas ratas, hacía del laboratorio de ciencias uno de los lugares de reuniones habituales del incipiente MIR. El “Gato” mantuvo siempre, incluso entre sus más cercanos, una gran discreción sobre su familia. Solamente se sabía que vivía con una tía paterna Sonia, de profesión periodista y otros hermanos que no estaban internos como él. Más de alguna vez se dijo que sus padres habían muerto cuando era muy niño. Pero nunca hubo confirmación oficial de su parte. Por lo demás, ese tipo de situaciones no era inusual en muchos de los internos allí.

Vivía en la calle Fariña, sector Recoleta, y cercano al liceo Valentín Letelier, en un antiguo caserón de piezas grandes, patios interiores y techos altos. Su dormitorio, a diferencia de aquellos jóvenes que tenían posters de grupos rockeros, estaba empapelado de afiches de la Revolución Cubana, otros del Instituto Chileno Cubano de Cultura, y uno grande que sobresalía con la figura del “Ché” Guevara y su leyenda del “Oigo el tabletear de las ametralladoras…”. Después de todo, su tía Sonia era cercana al PC. Sólo que para llegar a ese dormitorio, su guarida, hubo antes que sortear innumerables vallas de lealtad y confianza que él sutilmente se encargaba de poner a prueba.

Fueron unos trabajos de verano del año 70 que cambiarían la vida del “Gato”, hasta ese entonces, un simpatizante de la izquierda revolucionaria. Fueron sus primeras relaciones con el MIR en los que decide incorporarse a la militancia. Allí hizo sus primeros contactos y se le encargó levantar una base en el Internado. El INBA, pese a su particular condición de aislamiento respecto a los otros liceos de Santiago, tenía una agitada vida política entre grupos y simpatizantes dispersos de organizaciones de izquierda.

Muchos recuerdan haberlo visto asistir a las convocatorias de actos de agitación en los patios de parte de los revolucionarios agrupados en el FER del año 69. En ese tiempo el MIR, con algunos compañeros con incipientes contactos con la brigada secundaria, las FAR y los “elenos” del PS, levantarían una candidatura al Centro de Alumnos que daría término a las larga serie de gobiernos radicales en el Centro de Alumnos.

Con éste triunfo de fines de los años 60 hubo un cambio histórico de la lista de izquierda sin el PC y sectores reformistas del PS. Un FER que permitió el arribo de un grupo de simpatizantes de la Revolución Cubana con orgánicas con distintos grados de desarrollo. Renato Sepúlveda comenzó a frecuentar estos grupos que lo llevaron a esos trabajos de verano…

¡¡El Rana está loco!!

De regreso ya en marzo y a pocos días de haber comenzado las clases, el INBA se vio estremecido una mañana –durante la levantada de las 06:30 horas– por grandes rayados en los patios.

“¡El Rana está loco… MIR!”. Muy lejos de ser una gran consigna política era un ataque al vicerrector Leopoldo Rodríguez, un obeso y apitutado democristiano, tremendamente reaccionario y con cara de batracio, por lo que no había tardado mucho en ser bautizado como el “Rana”, y que había llegado en las postrimerías del gobierno de Frei Montalva.

La consigna, en realidad, no era de gran vuelo político, pero provocó conmoción entre el alumnado y docentes en esos gruesos y vetustos muros casi virginales hasta entonces. Mostró, además, la presencia de un grupo organizado, que había podido circular por las noches sin ser advertido por inspectores y vigilantes, recorrer los patios, rayar los muros y ocultar brochas y pinturas.

Un acto de audacia sin precedentes, en el que participó también un grupo de compañeros del ELN. Sin embargo, esa acción de propaganda, que hubo que negar oficialmente, pues “mancillaba” el llamado “Patio de Las Palmeras” –que era parte de la entrada más señorial del INBA–, sirvió de todas maneras como carta de presentación del MIR secundario ante el conjunto de los inbanos durante el inicio de la UP. Diríamos que ese fue el estreno oficial del MIR en el INBA y que este episodio fue recordado por mucho tiempo en la sociedad inbana.

Poco tiempo pasó para que se sospechara quién o quiénes habían sido sus autores. El “Gato” en su impulsividad por crear partido en pocos meses pasó a ser la cara más visible del FER en el internado. De la misma manera, en ese tiempo a veces se veía llegar de visita a compañeros del MIR secundario con quienes se estableció la relación partidaria “hacia fuera”.

En las asambleas del Centro de Alumnos mostró cuán lúcido y gran polemista era. Los comunistas lo detestaban, porque las más de las veces les destruía sus argumentaciones con una lógica implacable. Ya era el año 71 y la efervescencia en Chile con el advenimiento de la Unidad Popular, mostraba el ascenso del movimiento estudiantil que iba a la par de la lucha de clases.

Las elecciones del Centro de Alumnos el 71, produjeron la primera alianza UP-FER. Sepúlveda fue electo como secretario general, otro compañero en Relaciones Exteriores y un delegado a la FESES. Un avance significativo. Fueron los tiempos en que la pequeña base mirista, que había funcionado clandestinamente durante casi un año, comenzó a influir decisivamente en la vida cotidiana de los inbanos con un gran crecimiento orgánico que obligó rápidamente a crear unidades de simpatizantes y aspirantes.

Los mejores alumnos del INBA, que buena parte se agrupaban en el 4° medio “A” del “Gato”, pasaron al entorno mirista, entre ellos el “Chico” Ortiz (Jorge Ortiz Moraga, también detenido desaparecido y estudiante de medicina), amigo, compañero de curso y que con posterioridad se encontrarían en las aulas universitarias y el trabajo revolucionario1.

Los militantes debieron prodigarse en tareas de dirección política, relaciones externas, educación política, elecciones en la FESES con la candidatura de Milton Lee, etc. El INBA que era un estanco aparte de los problemas sociales de la comuna de Quinta Normal, se comprometió con pobladores y obreros de la zona, que por primera vez pudieron ocupar su infraestructura deportiva, gracias al fuerte impulso dado por el “Gato” a través del Centro de Alumnos.

Fue el momento en que el liderazgo de Sepúlveda, poseedor de una personalidad simpática, aunque serio cuando así lo requerían las circunstancias, emergió nítido e indiscutido. No sólo dirigía a los militantes y al FER, sino que estaba presente en cada una de las actividades como la educación política: El Manifiesto, El Estado y la Revolución, el ¿Que hacer?, el Programa de los Bolcheviques de Bujarin, El Problema del Poder, los cuadernos de Marta Harnecker, Chile Hoy, etc, eran lecturas y análisis obligados que exigía en maratónicas jornadas los fines de semana en su pieza de calle Fariña. Premonitorio más de alguna vez dijo que de ese grupo no todos llegarían a empuñar el fusil. El “Gato” ya se encontraba en Cuarto Medio y se distinguía como el que más, pese a que virtualmente no estudiaba, porque estaba comprometido de lleno en las tareas partidarias internas y externas del movimiento estudiantil.

Era frecuente verlo llegar en los últimos minutos de la jornada de estudio nocturno, trayendo bajo el brazo “El Rebelde” para la venta y preguntar a los otros militantes “¿Qué hay para mañana?” Cuando se le respondía que una prueba global, decía preocupado: “Yo no he estudiado nada…” Al día siguiente, y sin despertador, estaba desde las 5 de la mañana en la sala de clases. La nota que al final se sacaba nunca era menos de 6, y aquellos compañeros que no lograban una buena calificación, días después, se acercaba discretamente y le decía “te voy a explicar la materia…”

Su gravitación fue tan enorme que los mejores alumnos del INBA fueron captados a la causa revolucionaria. Algunos de ellos hoy están en el exilio, otros también desaparecidos o ejecutados y algunos que permanecieron clandestinamente en Chile durante la dictadura. El “Gato”, como era de prever logró a fines del 71 un alto puntaje en la PAA, tiempo en el que conoció en los ampliados de la FESES a una hermosa dirigente del Liceo 3. La “Chica del Tres” María Isabel Joui Petersen, que con su dulzura, simpatía y belleza, lo conquistaron al punto que se podía sentir su buen ánimo cuando uno los encontraba en las movilizaciones.

Será con esta compañera con la que se casaría dos años después. Juntos enfrentaron el golpe y a la dictadura. En esos días aciagos, el estudiante de medicina también hacía muebles, y tratando de organizar la resistencia fue que cayó en manos de la DINA, estando en las aulas de la escuela de Medicina y pocos días después Isabel. Ambos continúan desaparecidos.

Quizás, pueda parecer una ironía decir “un Gato de siete vidas”, pero quienes compartieron con él su trabajo revolucionario en el colegio y en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, no pueden menos que recordarlo como el gran revolucionario que conocieron y que han hecho de su vida un ejemplo para sus vidas. Vívida permanece su conducta ejemplar con los sobrevivientes de la “Venda Sexy” y “Villa Grimaldi” –centros de detención por donde pasó–, que tras las sesiones de tortura, con su delantal blanco, se acercaba a quienes venían saliendo de los interrogatorios y a pesar de su precaria condición física los recibía y animaba en medio de ese infierno.

Muchos inbanos también lo recordarán con su maletín negro, su delantal sin botones, su sonrisa, su mirada, su humor y su fuerza militante. Pese a los muchos años transcurridos, sigue estando presente porque es un gato de siete vidas y conservamos las esperanzas que muchos “Gatos” vuelvan a batir los vientos del pueblo, y allí estaremos todos.

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