Nuestros septiembres y nuestros octubres

Opinión

Por PPBórquez

Para algunos –quizás más de los que pensamos–, estas fechas nos llenan de recuerdos que fueron determinando nuestras vidas. La emergencia de la Revolución Cubana, su proceso de consolidación, las primeras noticias que nos decían que el Che estaba en Bolivia; luego su persecución y caída en La Higuera el 7 de octubre, fueron hechos que nos marcaron a fuego.

Septiembre con el triunfo de Salvador Allende, las marchas en cada aniversario apoyando su gobierno, y evidentemente luego el 11, en que junto con su caída y la muerte del presidente, marca el inicio de un cambio obligado y el abandono a la vida que hasta ese momento habíamos llevado. Es el paso a la clandestinidad, en algunos casos a la pronta prisión y en otros mucho más dramáticos, a la muerte y desaparición.

Patente está también la impotencia, el dolor y la frustración del sábado 5 de octubre de 1974, cuando luego del almuerzo, los pocos presos políticos de la cárcel de San Bernardo, escuchamos en una radio portátil que transmitía con mucha euforia la caída de Miguel Enríquez en un enfrentamiento en la calle Santa Fe de la comuna de San Miguel.

Los presos comunes que estaban conscientes de nuestra condición no entendían nuestra tristeza.

Cada año posterior, esa fecha ha sido un recuerdo reiterado… han pasado muchos años, pero aún hoy vuelven esas vivencias de la cárcel y la impotencia del momento… Luego, como habitualmente se hacía, a las 19:00 horas, debíamos formarnos, contarnos y encerrarnos en nuestros respectivos calabozos y a pensar en lo que había sucedido, cómo el partido iba a superar el momento y se iba a recomponer… Al día siguiente los familiares que nos visitaban sólo tenían la información que los medios obsecuentes con la dictadura habían con euforia entregado.

En la música popular hay muchas referencias a esos momentos de septiembre y octubre. Son cantos que hacen referencia al triunfo de la Unidad Popular; los “himnos de la alegría” por la victoria y el gran paso que significaba en la larga lucha por obtener las conquistas largamente esperadas. Estas nos acompañarían en el desarrollo del proceso que se abría.

Cuando la caída del Che, Víctor Jara cantaba al Comandante, quizás a contracorriente de lo que pensaban sus compañeros de partido en Bolivia que no lo apoyaron, y de Chile, que en un primer momento lo criticaron. Esas canciones ya son parte nuestra. La mística generada por el Comandante Guevara en las capas empobrecidas de América Latina, África y de todos los territorios oprimidos por el imperialismo y sus lacayos, nos hizo vibrar con su ejemplo de lucha y consecuencia.

Pocos años después, con ese mismo compromiso y consecuencia de militancia y vida, caía en combate Miguel Enríquez, más allá de las discusiones que se han dado de si fue correcta o no su permanencia en Chile, su actuar consecuente con lo que el MIR planteó luego del golpe cívico-militar, marcó a una generación de militantes y de jóvenes que fueron adhiriendo a las posturas de nuestro partido y de la resistencia que se organizaba buscando derrocar a la dictadura.

Las canciones son un reflejo de eso. En Europa el grupo Karaxú y todos los artistas en el exilio, cantaban por la resistencia y las luchas que nuestro pueblo desarrollaba en contra de sus opresores. Los presos políticos cantábamos a quienes llegaban a las prisiones y también a quienes lograban la anhelada libertad: El negro José, El barco de papel, el Himno a la alegría, son canciones que nos acompañaron cada día de prisión y fueron motivo de alegría, esperanza, dolor y resistencia en las cárceles chilenas.

Septiembre y octubre seguirán teniendo una ligazón directa con la música, nuestras luchas y nuestros modos de vida. Por lo mismo, la dictadura desde sus primeros días y hoy, los comprometidos con el sistema creado por los civiles y militares, buscan transformar el mes de septiembre en una fiesta, en un acontecimiento solo referido a la alegría y la festividad, que no tenga relación con un proceso de construcción de una nueva sociedad como fue en sus inicios, y que sólo se ligue a las concepciones más conservadoras de patria y nacionalidad… Por lo mismo, es patético ver a los presidentes actuales intentar bailar un supuesto baile nacional disfrazados de patrones de fundo en las inauguraciones de una “fonda oficial” en las llamadas “fiestas patrias”, y luego rendirle honores en sus “glorias” a quienes pusieron fin a un proceso que buscaba la liberación, a los que fueron parte del más grande intento de genocidio de las ideas progresistas y revolucionarias que ha generado nuestro país. Así mismo, sumisamente, todos –gobernantes, dirigentes políticos y supuestos representantes del pueblo– asisten a escuchar las peroratas de un obispo que, sin ninguna moral y autoridad conferida, protege a curas pedófilos y abusadores, encabeza campañas ultraconservadoras para detener el progreso social en Chile coludiéndose con los “defensores de la vida” y reaccionarios de los altos barrios, atacando a una iglesia progresista y popular.

Son los cambios que han acontecido en estos poco más de cuarenta años. Hoy los golpistas de la ultraderecha se hacen llamar “centro derecha”, los que avalaron y apoyaron el golpe de estado son de “centro” o “social cristianos” y la izquierda edulcorada es la “centro izquierda”, todos de “centro”, y todos entrecruzados en las coaliciones que pretenden gobernar y que andan mendigando con sus platillos estirados esperando recibir las migajas del empresariado que los financia. Todo “en la medida de lo posible” y pagadero en cuotas con el plástico dinero del ladronzuelo que nuevamente quiere regresar a las cúspides del poder.

Es el triunfo cultural de la dictadura y la penetración de un sistema que se aplicó e instauró torturando, asesinando, robando, comprando y cambiando la ética pública y privada por los valores que entrega un mercado transmitido en plasmas faranduleros y comunicados por inalámbricas redes sociales.

Y ese “posible” hoy está cada vez más delimitado, pero debemos entender que todos los límites son aparentes y hay que transgredirlos porque son posibles de superar y ensanchar con una acción política colectiva y con la organización unitaria de todos quienes quieren construir una sociedad más equitativa y democrática.

Y esta nueva sociedad debe ser más participativa, inclusiva, solidaria y verdaderamente representativa. Debe defender la individualidad, no el individualismo hoy imperante, porque esta nueva sociedad debe ser capaz de transformar a las masas en colectivos de individuos conscientes comprometidos con todos.

El Che y Miguel son de una misma estirpe y a pesar de los años transcurridos, siguen siendo jóvenes. Han cambiado los tiempos, las condiciones, las coordenadas, por lo mismo nuestras tareas, pero no cambian los principios ni las actitudes y el objetivo al que siempre creemos acercamos sin haberlo aún alcanzado. Seguir intentándolo debe ser nuestra labor cotidiana.

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