Entre la legalidad y la acción directa Huelgas y organizaciones de trabajadores en el primer cuarto del siglo XX en Chile

 

Por Enrique Gatica, profesor de Historia

El nuevo Código del Trabajo que se ha anunciado, comenzará a regir durante el año 2017, lejos de ser una buena noticia para las y los trabajadores, parece ser más bien –nuevamente– una mala noticia para los sindicatos y para la organización laboral en general. Al parecer el nuevo Código, lejos de entregar mayores atribuciones o protección a los trabajadores, merma la capacidad de negociación y los medios de presión necesarios con que cuentan los mismos.

Esta parece ser una tendencia, puesto que –salvo contadas excepciones– las nuevas regulaciones laborales parecen siempre ir en beneficio del empresariado, en desmedro de los sindicatos y las organizaciones populares. Esta tendencia, que podríamos denominar como una “táctica” de políticos y empresarios, se remonta hasta un poco menos de un siglo, cuando las principales leyes laborales se conforman y se busca, por primera vez, dar un espacio a las organizaciones de trabajadores en la “agenda política” a fin de tomar las riendas de las –cada vez más grandes y poderosas– organizaciones de trabajadores.

 

Las organizaciones obreras en el primer cuarto del siglo XX

El periodo histórico en donde aparece la idea de la “cuestión social” es solo una sutileza para advertir el estallido de crisis social gatillada por las paupérrimas condiciones de vida del pueblo chileno hacia comienzos del siglo pasado. Sutileza, puesto que la explicación a estos acontecimientos parecen darse a fenómenos “naturales” o inevitables del periodo, como si la miseria, el hambre y la explotación del hombre por el hombre fuesen productos inevitables de las sociedades humanas1. La verdad es que las graves condiciones de vida de los sectores más desposeídos se debían a la codicia y la avaricia de unos pocos (la Oligarquía y los grupos enquistados en el poder), los que pagaban sueldos de hambre y condenaban al pueblo a subsistir con lo mínimo.

Pese a su benigno clima y a las favorables condiciones naturales, Chile era uno de los países más “enfermizos” del mundo en el primer cuarto del siglo XX2, teniendo tasas de mortandad infantil que superaban los promedios internacionales. La miseria, hacia el centenario de la patria, era abrumadora.

No obstante, el pueblo jamás se mostró impávido ante estas condiciones paupérrimas de vida. Los sectores más desposeídos, desde finales del siglo XIX ya se encontraban constituyendo diferentes organizaciones sociales y laborales para resistir colectivamente a las problemáticas más apremiantes que tenían; algunas expresiones organizativas fueron las “mutuales”, las “sociedades de socorros mutuos”, las “mancomunales” o las “sociedades de resistencia”3. Hacia comienzos del siglo XX por ejemplo, las sociedades de resistencia tuvieron gran crecimiento y cada vez más prestigio entre los trabajadores; manteniéndose siempre paralelas al Estado y al empresariado, aquellas organizaciones se proponían alcanzar –la mayoría de las veces, a través de la “huelga general”– un cambio al sistema político y económico. En lo inmediato, las sociedades de resistencia permitían, a través del ahorro de sus miembros, sostener las huelgas de los trabajadores por largo tiempo, puesto que la patronal, habitualmente recurría al “desgaste”, a sabiendas de que los huelguistas no podían subsistir por mucho tiempo sin el jornal.

La posterior construcción de federaciones y confederaciones entre regiones o incluso a nivel nacional, fue la muestra del interés organizativo y de la solidaridad del pueblo. Este crecimiento prosiguió hasta las primeras décadas del siglo XX, momento en el que se conforman algunas de las más recordadas y poderosas organizaciones de trabajadores, como la FOCH –Federación Obrera de Chile–, que en unos años se vincula estrechamente al Partido Comunista y la facción chilena de la IWW –Industrial Workers of the World–, de tendencia anarcosindicalista.

Pese a que las organizaciones de trabajadores eran ignoradas, desprestigiadas y combatidas con agresividad, éstas no dejaron de existir, creciendo aceleradamente en el primer cuarto de siglo4. Aunque algunos políticos y sectores reformistas ya se mostraban a favor de legislar (mínimamente) el mundo del trabajo, el empresariado solo reaccionaba con la confrontación y al enfrentamiento directo con los huelguistas (conocidas son las consecutivas matanzas obreras a comienzos del siglo XX). Mientras tanto, sin tener un espacio de negociación o diálogo con la Oligarquía o el Estado, el movimiento obrero se desarrolló de forma autónoma y combativa: era claro que “para comienzos de los años veinte, la ideología revolucionaria se había convertido en una característica de la clase organizada”5.

Aunque es cierto que la mayoría de huelgas no alcanzaban a terminar en triunfos, es interesante destacar como el empresariado accedía a algunos de los requerimientos de los trabajadores solo por la presión de los mismos. La debilidad fundamental del empresariado era su “crudo individualismo”6 que, propiciado por su soberbia, los llevó a “enfrentarse” a los trabajadores de forma directa, buscando rompehuelgas o las herramientas represivas del Estado (habitualmente a su alcance). El empresariado, enfáticamente también, criticaba y se oponía a cualquier ley social o código laboral que “ayudase” o regulase los sindicatos.

Es en este escenario –entre triunfos y derrotas– en donde el movimiento obrero se desarrolla y fortalece de manera considerable. La marginación política, lejos de mermar la organización laboral, se constituyó como tierra fértil para la conformación y crecimiento de un movimiento obrero autónomo, radicalizado, con un fuerte sentido identitario y con objetivos revolucionarios7.

Hacia mediados de los años veinte, son los políticos –no los patrones– quienes dan diagnóstico de esta realidad “potencialmente peligrosa”8, en donde la brutalidad y el enfrentamiento directo, lejos de debilitar el espíritu combativo de los trabajadores, lo fortalecían. La alternativa desde los sectores dominantes fue clara: la cooptación institucional.

 

La dictadura ibañista y la cooptación del sindicalismo

Luego del “ruido de sables” (1924) y la intervención castrense en la política, comienza la promulgación de una serie de las leyes laborales que buscan encuadrar las acciones de protesta de los trabajadores en los marcos legales de un nuevo “acuerdo político-empresarial” que pretendía la resolución de futuros conflictos sociales mediante un amplio consenso político-institucional que aislase toda posibilidad reivindicativa fuera de los cauces legales. Ya en 1925 por ejemplo, se legalizan los sindicatos y se promulga en 1931 el Código del Trabajo. No obstante, pese a que algunas leyes beneficiaban efectivamente a las y los trabajadores, los intentos de “domesticar” el movimiento obrero eran algo claro. Un periódico obrero en 1935 planteaba “El legalismo desampara al obrero organizado de la seguridad sentida por aquel que tiene conciencia de su propio valer, lo anula en cuanto a la voluntad y confianza en sí mismo, y los alambiques del Código del Trabajo lo entregan maniatado a la explotación industrial”9.

La oposición al sindicalismo “legalista” planteaba que si se accedía a jugar con las reglas propuestas por el Estado, difícilmente sería posible lograr cambios estructurales al sistema, puesto que las leyes que regían al Estado oligárquico de la época se encontraban al servicio de la perpetuación del orden existente y esto, más que fortalecer la organización sindical de clase, la debilitaba, ya que la pugna capital-trabajo estaría balanceada hacía el lado patronal incuestionablemente.

En ese sentido, en el periodo regido por el coronel Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931), que para algunos era el “Mussolini chileno”, se proponía “reconstruir” la autoridad mermada en el país, para lo cual era fundamental extirpar el “comunismo y el anarquismo”10 en Chile.

Además de las habituales acciones represivas (violencia física, encarcelamiento y relegaciones), Ibáñez impulsó y estimuló la creación de nuevas leyes laborales, que aunque entregaban algunas mejoras en la calidad de vida del pueblo, evidentemente buscaban cooptar la movilización revolucionaria de los mismos. Era claro para los nuevos sectores que se involucraban en la política, que mientras mayor marginalidad se le daba al pueblo, éstos sabrían construir de una manera más fuerte y autónoma sus propias organizaciones. Era necesario entonces, acercarse y poder controlarlos, cediendo algunas mejoras mínimas, en pos de debilitar el poder transformador y revolucionario de los mismos.

 

Reflexiones al presente

Cuando vemos el escenario actual respecto al mundo laboral, es inevitable hacer reflexiones comparadas entre ambos periodos. Si bien, las condiciones han cambiado de sobremanera y ya no tenemos las condiciones de vida de la época de la “cuestión social” (hoy disfrazado quizás por el flagelo de las deudas), existen algunas prácticas permanentes que hasta la fecha, nos recuerdan la soberbia patronal y los acotados límites de las leyes laborales.

Un ejemplo concreto fue la reciente huelga de trabajadores de Homecenter Sodimac (del Grupo Solari), donde la patronal jugó al desgaste, burlándose del esfuerzo de las y los trabajadores y de su debilidad organizacional (debido a las restricciones que amparan las estructuras de negociación colectiva mismas), rebajando sus ofrecimientos al negociar y utilizando esquiroles –viles rompehuelgas– para debilitar al movimiento. Una vez más los medios de comunicación masivos –serviciales al empresariado y el Estado (que en estos temas intenta no “interferir” directamente y por lo mismo desconocerlos)– dejaron claro para quienes trabajan, invisibilizando la deplorable situación de miles de trabajadores en huelga, viéndose obligados estos últimos a deponer su movilización con magros resultados y con un amargo sabor de boca.

No obstante no hay que permitirse olvidar –tal y como lo hicieron los líderes sindicales durante el siglo XX–, que la organización sindical y la huelga son derechos legítimos que tienen los trabajadores para nivelar la cancha y lograr mejoras en sus condiciones laborales, incluso rompiendo los límites y las barreras institucionales (al servicio del Estado y los empresarios). Cabe recordar las palabras del –quizás– más grande líder sindical que ha tenido este país: “El epicentro del combate debe pasar del Parlamento a la calle. Las Federaciones y sindicatos no deben dejarse aprisionar por la maraña burocrática y las tramitaciones interminables. Sólo un movimiento unido y potente, que practique el derecho de huelga, será capaz de detener el golpe divisionista del gobierno”11.

Notas:

1  Garcés, Mario. Crisis social y motines populares en el 1900. Editorial LOM, Santiago, Chile.136 p.

2  Deschazo, Peter. Trabajadores urbanos y sindicatos en Chile: 1902-1927. Centro de Investigaciones Diego Barros Arana-DIBAM, Santiago, Chile. 115 p.

3  Existen claras e importantes diferencias entre este tipo de organizaciones, tanto en el sentido político, como en sus estrategias u objetivos. Para el propósito de esta nota se mencionan como expresiones de construcción autónoma de las y los trabajadores.

4  Un detallado análisis del periodo mostrará que existieron periodos de crecimiento y debacle. Para los efectos de esta nota, rescatamos la tendencia que de grosso modo muestra un crecimiento de la organización obrera desde inicios del siglo XX hacia finales de la década del 20.

5  Deschazo, Peter. Trabajadores urbanos y sindicatos… 344 p.

6  Ibídem. 345 p.

7  Garcés, Mario. Crisis social y motines populares… 137 p.

8  Deschazo, Peter. Trabajadores urbanos y sindicatos… 346 p.

9  “El fracaso de la sindicalización legalitaria”, La voz del Grifo, Santiago, 7, 28 marzo 1935. Citado por Muñoz, Victor. Sin Dios ni patrones. Ediciones Mar y Tierra, Valparaíso. 58-59 p.

10 Collier, Simon & Sater, William. Historia de Chile 1808-1994. Cambridge University Press, España. 193 p.

11  Blest, Clotario. “El ministro Thayer contra el abogado Thayer”. En Revista Estrategia n°5, julio de 1966. Santiago, Chile. 18 p.

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