Aleksandra Kollontai. Doblemente mujer y revolucionaria

 

  • Estudiar la Revolución Rusa y los invaluables aportes entregados por esta mujer que venía de una cuna de oro, en la cual impulsó apasionadamente la emancipación femenina para que fuera un sujeto activo y consciente en la sociedad, debiendo enfrentar los prejuicios familiares y también políticos de los propios revolucionarios.

 Por Laura Tremosa*

 

Aleksandra Donontovich nació en San Petersburgo en 1872, en el seno de una familia burguesa de tendencias liberales, pero que no consideró conveniente que su hija estudiara con los otros niños en el liceo de la ciudad.

Fue educada en casa por una institutriz inteligente y culta y conectada con los círculos revolucionarios rusos, lo que influyó en la evolución que llevaría a Aleksandra a convertirse en una revolucionaria. Los padres deseaban para ella un “buen matrimonio” pero ella buscando el matrimonio por amor, “por una gran pasión” –dice en su autobiografía–, eligió a su primo, apellidado Kollontai, ingeniero pobre y joven, con el que tuvo un hijo. A los tres años de matrimonio se separó de su marido, conservando, sin embargo, su apellido.

Después de su separación participa en actividades culturales y políticas semiclandestinas donde profundiza su conocimiento del marxismo. En 1898 parte al extranjero dejando a su hijo con sus padres. En Zurich sigue estudiando y trabajando, toma contacto con Rosa Luxemburgo, se relaciona con los marxistas europeos y toma partido definitivamente por el marxismo revolucionario. Vuelve a Rusia en 1899, ingresando en el Partido Social Demócrata ruso, y sigue trabajando y estudiando llena de entusiasmo y de confianza en la capacidad de lucha de las masas.

En 1905 participa de la formación de los soviets, órganos que no entusiasmaron a Lenin. En este mismo año organiza también la primera Asamblea de mujeres en Rusia, en la que tuvo que enfrentarse con el feminismo radical. Ambas experiencias fueron, en cierto modo, sus primeros fracasos. Aleksandra Kollontai siguió estudiando, trabajando para los bolcheviques y en los años que precedieron a la primera guerra mundial, viajó por toda Europa, militando en el ala izquierda de todos los partidos socialdemócratas de la época. Publicó numerosos artículos contra el militarismo y a favor de la emancipación de la mujer.

El derrumbamiento del imperio zarista la hace regresar a Rusia, donde interviene activamente en la política revolucionaria hasta ser nombrada Comisario del Pueblo para la Asistencia Pública. Durante sus meses de gobierno consiguió la separación de la Iglesia y el Estado, la supresión de cultos, el reparto de las tierras de los monasterios a los campesinos, la creación de guarderías estatales y el lanzamiento de una gran campaña para la protección de la mujer-madre.

En 1918 dimitió como Comisario del Pueblo ante la primera gran derrota de la izquierda bolchevique después del V Congreso Panruso de los soviets. A partir de ese momento es marginada de los órganos del poder. Aleksandra Kollontai se dedica con entusiasmo a la problemática femenina en la base del Partido. En 1920, ante el malestar popular, vuelve a tomar parte activa en las luchas que se llevaban a cabo en el seno del movimiento Obrero y se convierte en portavoz de la Oposición Obrera. De nuevo escribe, preside mítines y trabaja incansablemente.

Después de la caída de Kronstadt y del X Congreso del Partido, donde fue oficialmente condenada la Oposición Obrera, Aleksandra Kollontai dejó ya para siempre de tomar parte activa en cualquier oposición interna. Finalmente, estando en el poder Stalin, Aleksandra inició su carrera diplomática que la llevó primero a Noruega, luego a México y finalmente a Suecia.

En 1945 regresó a la URSS y en 1952, abandonada por casi todos, olvidados sus libros y con todos sus amigos y camaradas desaparecidos, muere en Moscú, a los ochenta años.

Hasta aquí, los datos biográficos e históricos. Se ha dicho de ella que consiguió fusionar en su persona y en su obra, el marxismo revolucionario y la militancia feminista. La complejidad de Aleksandra Kollontai puede incluirse en una definición muy simple: fue una mujer revolucionaria. Había sido educada para ser una buena madre y una esposa culta y complaciente; nadie la preparó para grandes tareas; nadie pensó que iba a ocupar cargos de gobierno o a pasearse por las cancillerías europeas; nadie le aconsejó que estudiase economía, ni la hizo soñar con un porvenir de dirigente y tampoco que podría ser protagonista de una Revolución.

Nadie podrá explicar por qué razones el resultado de su educación no tuvo las consecuencias previstas. La rebelión de Aleksandra empezó cuando sus padres pensaron en su matrimonio.

“Mi primera y amarga lucha contra estas tradiciones giró en torno a la idea de matrimonio. Me rebelé contra este matrimonio de conveniencia y solo deseaba casarme por amor, por una gran pasión” dice en su autobiografía. Sensible e inteligente, y probablemente influida por la visión de la servidumbre de su propia familia, fue adquiriendo una conciencia social, de compasión hacia los sufrimientos de los estratos más bajos de la sociedad.

“Desde la infancia me gustó experimentar el sentimiento de que ‘todo va bien para mí’ pero que otros deben sufrir congojas… me afectaba enormemente. Voy de un extremo a otro de la sala y me atormento con esta idea: ¿Cómo puedo ajustar la organización de las cosas para que ‘todo vaya bien’ para todos?

Aleksandra Kollontai encontró el amor, “la gran pasión”, y se casó pensando haber hallado una meta en su vida. Pero desde niña había querido ser libre y a los tres años de matrimonio, con un hijo al que amaba apasionadamente, se da cuenta de que continuar aquella situación sería traicionarse a sí misma. “La maternidad nunca fue el eje de mi vida. Un hijo no había logrado fortalecer los vínculos de mi matrimonio. Aún amaba a mi marido pero la vida feliz de ama de casa y esposa se convirtió para mí en una ‘jaula’. Cada vez más mis simpatías y mis intereses se volcaban hacia la clase obrera revolucionaria de Rusia”.

“Yo no podía llevar una vida feliz y pacífica, mientras la población obrera se hallaba terriblemente esclavizada”, agregaba.

Dejó a su marido y a su hijo e inició lo que ella llama su vida consciente en nombre de las metas revolucionarias del movimiento de la clase obrera. Nunca olvidó los motivos que le habían llevado a su apasionada opción por el socialismo. Su lucha no era por el poder sino por la emancipación total. Su lucha estuvo siempre ligada a las impresiones de opresión sentidas y detectadas desde su infancia. Opresión de la mujer, vivida por ella misma, y opresión de las clases trabajadoras, percibida en las mujeres y hombres que la rodeaban.

No le bastaba que los hombres y mujeres de la clase obrera llegaran al poder, quería además que fueran libres, capaces de amar, capaces de ser felices. Quería para el proletariado del mundo no sólo una hegemonía política sino también toda la promesa que se encierra en la obra Marx.

Escribió y luchó incansablemente por una nueva moral sexual, por el descubrimiento de un nuevo concepto del amor. Y es por ello también que defendió con entusiasmo la aparición de los soviets primero y la Oposición Obrera después, abogando por la libertad de expresión y la democracia popular frente a la Nueva Política Económica y el creciente burocratismo que se iba apoderando del gobierno soviético.

Aleksandra Kollontai, al igual que Rosa Luxemburgo, tenía una inmensa fe en la capacidad creadora de las masas obreras. No servía a la Revolución como ente abstracto, sino a las mujeres y hombres que debían construir un nuevo mundo a la medida de ellos mismos. Las relaciones que se establecerían en esta nueva sociedad darían lugar a la aparición de la mujer nueva, libre, autónoma, no al servicio de un hombre sino de la sociedad entera. Una mujer liberada de los tormentos de los celos y el amor posesivo. Internamente libre y exteriormente confiada en sí misma. Estas nuevas relaciones debían llevar también a la aparición de un nuevo proletariado capaz de controlar la producción y la economía.

El nuevo Estado obrero no debía admitir una jerarquía dirigida desde arriba. Aleksandra Kollontai quiso que la Revolución no se desvinculara de la situación real y cotidiana de cada hombre y de cada mujer. Que la Revolución cambiara realmente las condiciones personales, familiares y de trabajo de las masas obreras. Por ello reclamó la gestión colectiva en la dirección de las industrias y del Estado y exigió la democracia obrera.

En 1921 escribió: “La dirección de un solo hombre es semejante a la concepción individualista del mundo de la clase burguesa. La admiración unipersonal –es decir de alguien aislado de lo colectivo–, la voluntad ‘libre’ y aislada del individuo que aparece en todos los sectores, comenzando por el reconocimiento de un Estado autocrático hasta el gobierno absoluto del administrador de una fábrica, es la más alta sabiduría del pensamiento burgués. La burguesía no cree en el poder de lo colectivo”.

Es paradójico y trágico que fuera esta búsqueda del verdadero cambio en la vida cotidiana lo que le llevó a planteamientos que, vistos con perspectiva histórica, resultan maximalistas y difícilmente adaptables a las circunstancias externas. Lenin y Trotski tenían el sentimiento del poder. Aleksandra Kollontai careció de él y también de la habilidad política para avanzar por los tortuosos caminos que llevan a la toma y conservación de dicho poder.

Rusia estaba económicamente destruida. La productividad se había convertido en la principal exigencia. Incluso la supervivencia de la revolución podía depender de ella. Por ello se llamó a colaborar a los técnicos y propietarios del antiguo régimen. De este modo fue creándose una fuerte burocracia, contra la que Aleksandra Kollontai intentó luchar: “Una tercera persona decide vuestra suerte, ahí está la esencia de la burocracia”. Defendió las tesis de la Oposición Obrera hasta el mismo momento de su total disgregación en el XII Congreso del Partido Comunista soviético (1923), que representó el final de toda oposición en el interior del partido que contara con las masas y también el final de cualquier protagonismo de oposición por parte de ella. La etapa de estalinización que se iniciaba iba a dejar en último plano conceptos como la liberación de la mujer y la emancipación sexual. La pedagogía soviética estaba dando un giro “conservador”, se acababa de promulgar la ley familiar y se avanzaba hacia un comunismo “autoritario”. Los planteamientos de Kollontai pronto iban a convertirse en “indeseables”. Lenin y Trotski iniciaron el cambio, Stalin lo esquematizó y dogmatizó.

A partir de este momento enmudeció. Acabaron los artículos, los manifiestos, los mítines. No obstante, permaneció fiel a los ideales comunistas y al gobierno de la Unión Soviética. Acató las consignas, aceptó las medidas represivas llegando a censurar sus propias obras, aunque nunca perdió la fe en las masas obreras. Decepcionada, pero con esperanza, siguió colaborando con el gobierno de Stalin, quien la nombró embajadora en diversas naciones extranjeras.

Y, aunque sabía que este nombramiento tenía algo de destierro, trabajó fervientemente por su país. Su actividad diplomática tuvo notables éxitos. Bella, culta y revolucionaria escandalizó a la sociedad burguesa europea que la presentaba como una terrible bolchevique defensora del amor libre o bien la acusaba de lucir suntuosas joyas.

En 1945 regresó a la URSS. Nunca llegó a perder su elegancia y vivacidad. Amaba el arte y la belleza. Murió en Moscú rodeada de viejos muebles y de las fotografías y recuerdos de amigos ya desaparecidos que le habían acompañado en la aventura de su vida.

Aleksandra Kollontai fue el único dirigente de las diversas oposiciones en el Partido Bolchevique que falleció de muerte natural. Probablemente su condición de mujer la libró de la implacable persecución estalinista. Ironías de historia.

Juzgar la personalidad compleja y apasionada de Aleksandra Kollontai no es fácil. Quiso liberar a las mujeres de la opresión de los grandes amores y ella sintió fuertes pasiones por varios hombres que se cruzaron en su vida. Luchó por un poder proletario democrático y colaboró con Stalin. A Aleksandra Kollontai puede criticársele duramente o erigirla en ídolo. Cabe analizarla con ojos de político, de feminista o de sociólogo. Pero nadie podrá negarle su auténtica condición de mujer revolucionaria. Como mujer se entregó a la dura tarea de construir una revolución. Son ya muchas las mujeres que han intervenido activamente en la revolución soviética o en otras revoluciones. Son muchas las mujeres que están actualmente comprometidas en el duro trabajo político. Pero muy pocas han dejado de imitar los modelos e ideales que una sociedad patriarcal y competitiva ha transmitido a los hombres. Aleksandra Kollontai no marginó en sus planteamientos la sensibilidad por las necesidades y deseos de los demás, la falta de interés por el poder en sí, la búsqueda de la felicidad cotidiana para todos y el rechazo de la competitividad personal.

Parafraseando el final de La mujer nueva podemos decir de Aleksandra Kollontai que dejó de ser el objeto de la tragedia del alma masculina para convertirse en el sujeto de una tragedia independiente que ella quiso fundir con la de todas las víctimas de cualquier tipo de opresión.

 

Laura Tremosa (Girona, 1937), es ingeniera industrial y feminista. Doctora en Ingeniería Industrial y en Tecnologías por la Universidad Politécnica de Barcelona. Militante del PSUC desde la dictadura franquista, fue una de las impulsoras del feminismo en el partido.

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