Marcos Ana, poeta comunista. El preso que más tiempo pasó en las cárceles franquistas

 

 Hablaré por vosotros.

Excavaré con mi palabra hasta encontraros

en las sangrantes raíces sumergidas

de vuestros corazones enterrados.

 

Hablaré por vosotros.

Reconstruiré la voz de vuestros labios,

su semilla final, la de aquel grito

constelado de estrellas y balazos.

 

Hablaré por vosotros.

Y extenderé el secreto que os dejaron

en la oquedad terrible de los ojos

la voz estremecida de los astros.

 

Hablaré por vosotros.

Jamás olvidaré aquellas madrugadas,

los últimos abrazos, las gargantas

de vuestra dignidad amordazadas.1

 

Por PPBórquez

 

Fernando Macarro Castillo (Marcos Ana), nació en San Vicente, Alconada, una pequeña aldea cercana a Salamanca, España, el 20 de enero de 1920, en el seno de una familia de jornaleros del campo que cultivaban desde la madrugada al anochecer una tierra que no les pertenecía y, siendo él muy pequeño, tuvo que mudarse para intentar salir adelante con el trabajo de otra tierra que tampoco era de su propiedad y habitar una humilde casa de piedra y barro en un rincón de la finca de un terrateniente de Alcalá de Henares. La huerta, según recordaba, “era inmensa y la que no me cansaba de recorrer y jugar junto al estanque donde se alzaba un inmenso ciprés”.

Pudo el ciprés más que nadie.

Puñal invertido

Clavó su aroma en mi sangre.

Las dalias tejen coronas

Con la luz morada en los ojos

Mortecinos de la tarde.

Allí jugaba también con los gitanos de su edad que acampaban cerca de la finca, pero pronto esa vida de libertad y juegos se terminó cuando lo inscribieron en la escuela donde aprendió a leer y a escribir y durante las noches leía a sus padres analfabetos, novelas y revistas por entrega. Sus años escolares duraron poco, su rebeldía y desobediencia ante los curas que dirigían el colegio, provocaron su expulsión, allí le llamaban “el Enreda”.

Entonces, a los doce años se inicia en el trabajo hasta que estalla la Guerra Civil. Y es en ese período en que comienza a involucrarse en grupos de carácter social siendo secretario de una asociación juvenil en la parroquia. Su alejamiento de la iglesia fue progresivo en la medida que crecía su involucramiento en la temática social y en el descrédito de los curas y la iglesia española. Primero en las Juventudes Socialistas, a las que ingresó en enero de 1936 cuando cumple los dieciséis años, y después en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), resultado de la unificación de los jóvenes socialistas con las juventudes del Partido Comunista Español.

La guerra lo sorprende en Alcalá de Henares, donde la sublevación de los militares duró sólo veinticuatro horas. La resistencia del pueblo, apoyada por una columna de milicianos de Madrid permitió la recuperación de la ciudad. Es cuando se enrola en el Batallón Libertad, del que debe retirarse luego por su corta edad. Ahí inicia su trabajo partidario, dirigiendo el periódico de la juventud y ocupándose de un programa de radio.

Al cumplir la edad necesaria, se incorpora al Ejército Republicano y participa en la 44ª Brigada Mixta en la que pronto se convierte en el comisario político más joven e instructor de los jóvenes en la base de la Octava División del ejército.

En la guerra, a pesar de la correlación de fuerzas favorable, fue derrotada la República. La participación de la Italia fascista y de la Alemania nazi, sumada a la indiferencia de los países llamados “democráticos”, puso fin a la resistencia al avance de las tropas del franquismo y terminó en 1939 con la capitulación del coronel Casado que entrega el poder a los fascistas españoles.

Anteriormente, en la noche del 8 de enero de 1937 en un bombardeo de los aviones Junkers de la aviación alemana sobre Alcalá, resultó muerto y destrozado su padre. Alemania e Italia utilizaban las ciudades españolas para probar las armas que usarían luego en la Segunda Guerra Mundial.

Antes de su muerte había escrito: “Cuando ahora recuerdo aquellos años, los primeros de mi lucha, en los que decidí asumir la responsabilidad de pelear por defender los derechos de todos, como han hecho tantos otros, no sé decir la causa definitiva que me llevó a implicarme. Fue algo que nació de dentro y una suma de todas las circunstancias que viví. Estoy seguro que, en mi situación, cualquier otro habría optado por hacer lo mismo. Fuimos cientos de miles los que dejamos la libertad, y muchos incluso la vida, en defensa de la democracia, de lo que creíamos con convicción absoluta que era la voluntad del pueblo, una democracia que había sido arrebatada por el fascismo y las armas”.

 

Este en el que vivimos no es nuestro mundo. Es el mundo de otros, del capitalismo.

Marcos Ana fue el preso político que pasó más tiempo en las cárceles de la dictadura franquista, fue liberado en 1961, gracias a las acciones de la solidaridad internacional de la recién fundada Amnistía Internacional. Tras pasar por la cárcel de Alcalá de Henares, terminó su trayectoria carcelaria en el penal de Burgos, donde permaneció desde 1946 hasta su liberación.

Terminada la contienda, junto a miles de hombres y mujeres que habían tenido responsabilidades en el ejército republicano, marcharon al puerto de Alicante donde se rumoreaba que barcos británicos y franceses los recogerían para sacarlos de España. Pero los barcos no llegaron. Los que arribaron desde el mar fueron naves franquistas y desde el interior una división italiana de Mussolini. La tarde del 30 de marzo de 1939 fueron trasladados a un campo de concentración en las afueras de la ciudad. Junto a su hermano fueron llevados al campo de concentración de Albatera, preparado para recibir a 3.000 prisioneros y llegaron a ser 15.000 presos. Pronto consiguió escapar, entre los miles que allí se hacinaban, haciéndose pasar por menor de edad “peinado con la raya en medio, como si fuera un niño tonto” –relató posteriormente.

“De vuelta en Madrid, fui tan imprudente, tan rebelde, ¡o tan tonto!, que me puse a organizar, desde la casa de mi hermana, un grupo de resistencia. Con la mala suerte de que uno de los que llamé lo habían roto las torturas y se había convertido en confidente de la policía”.

La delación dio lugar a la detención más larga de la historia del franquismo. El aún Fernando Macarro ingresó con 19 años en la prisión madrileña de Porlier (una de las veinte prisiones de la ciudad), perteneciente al colegio religioso Calasancio, y no volvería a ver la luz hasta cumplidos los 42. Fue condenado a muerte por el régimen que le responsabilizó los asesinatos tres personas en Alcalá de Henares. De Porlier fue trasladado a Ocaña, “mucho peor, porque allí eras invisible; estabas solo en una celda en la que tocabas las paredes con los brazos en cruz y el único contacto era con el funcionario que traía un caldo dos veces al día”. Y, debido a su “peligrosa” actividad contra el franquismo, terminaría sus días de recluso en el penal para presos políticos de Burgos, “una auténtica escuela de cuadros”, ironiza.

“Convertimos las cárceles en universidades. Éramos un estado dentro del Estado y no perdíamos el tiempo”. En prisión, Fernando coincidió con escritores como Antonio Buero Vallejo2 y otros intelectuales presos. Comenzó a aficionarse en la lectura de algunos libros que circulaban por el penal, los clásicos españoles autorizados o con algunos poemas prohibidos de Miguel Hernández quien moriría encarcelado o de Federico García Lorca fusilado por los franquistas.

 

Tras años de cautiverio, comienza a escribir. Con 33 años escribe su primer poema y adopta el seudónimo que lo acompañaría hasta su muerte, los nombres de sus padres, Marcos y Ana. Sus versos traspasarían, escondidos, los barrotes de la cárcel y se convertirían en un símbolo de la lucha contra la dictadura.

Uno de ellos, titulado Decidme cómo es un árbol, dio nombre a sus memorias. El poema habla de la soledad, de la vida en prisión, del aislamiento, de la represión. De cómo, tras tanto tiempo entre rejas, había olvidado la vida.

Decidme cómo es un árbol,

contadme el canto de un río

cuando se cubre de pájaros,

habladme del mar,

habladme del olor ancho del campo

de las estrellas, del aire.

Recitadme un horizonte sin cerradura

y sin llave como la choza de un pobre,

decidme cómo es el beso de una mujer,

dadme el nombre del amor
no lo recuerdo.

¿Aún las noches se perfuman de enamorados

tiemblos de pasión bajo la luna

o solo queda esta fosa,

la luz de una cerradura

y la canción de mi rosa?

22 años, ya olvidé

la dimensión de las cosas,

su olor, su aroma,

escribo a tientas el mar,

el campo, el bosque, digo bosque

y he perdido la geometría del árbol.

Hablo por hablar asuntos

que los años me olvidaron.

 

No puedo seguir:

escucho los pasos del funcionario.

 

Abandonó su celda en el penal de Burgos en 1962, cuando la campaña internacional por su liberación consigue que el régimen firmara el decreto para excarcelar a aquellos presos que llevaban más de 20 años ininterrumpidos de prisión: solo él cumplía el requisito. “Nacer a los 42 es algo muy serio”, contaba. Tanto como que al salir de prisión sus ojos, acostumbrados a las cortas distancias, a los espacios encerrados, no lograron enfocar en los amplios horizontes. “Me mareaba hasta el vómito”, contaba.

Tuvo que reaprender el mundo y reajustar la retina, porque fuera todo había cambiado. Había entrado con 19 años en prisión y salido con 42. Comenzó a recorrer el mundo para contar su historia, que es la historia de la represión de la dictadura franquista, y declamar sus poemas, cantos de denuncia y de libertad. Conoció a Salvador Allende, a Olof Palme o a Charles Chaplin y se hizo muy amigo de Rafael Alberti, de María Teresa León y de Pablo Neruda, que habían impulsado la campaña internacional por su puesta en libertad.

“Recuerdo que una vez estuvimos en Mauthausen Neruda y yo, y cuando vi aquellos campos y los crematorios no pude contener las lágrimas. Pablo llegó por detrás, me cogió y me dijo: ‘parece mentira que a un hombre que ha sufrido lo que tú todavía le queden lágrimas’. Y claro que me quedaron lágrimas para llorar por muchas cosas”, recordaba.

“Siempre he pensado que vivir para los demás ha sido la mejor manera de vivir para mí mismo. No es un sacrificio; es compartir la felicidad. La felicidad no consiste en que sobre la comida, tengas un coche, un buen estatus social, ganes dinero o compres cosas. La felicidad consiste en que no te falte un proyecto en la vida y puedas compartirlo con los demás”.

Dijo en varias ocasiones que había hecho casi todas las cosas que le habían gustado, y entre ellas, dos importantes: mantener siempre la dignidad y ser más fuerte que el odio de sus enemigos. “Eso lo he conseguido. Lo que he querido siempre es estar conforme conmigo, mirarme al espejo y decir ese soy yo y así quiero ser”.

“Hay personas que, cuando se sienten en desacuerdo o se creen engañadas, estafadas, deciden dejar de lado la lucha; otras, más positivas, pasan a la acción y en la lucha común superan los errores, caminando con decisión hacia el futuro. Esta es la hora de salir a la calle de calentar las plazas y pedir el respeto por nuestros derechos, los tuyos, los del otro y los de todos aquellos que lucharon para conseguirlos. No se trata solo de ideas políticas, se trata de no caer, de no permitir que el sistema hunda sus garras en nuestras vidas y amenace nuestra libertad”.

Y nunca dejó de luchar por la libertad y como un hombre ya libre, así se va, siendo el que quiso ser. Como el poeta rescatado por la poesía, como el militante salvado por las ideas, como el luchador antifascista con un único deseo de venganza: “que triunfen mis ideales”.

El 24 de noviembre recién pasado, Marcos Ana, con 96 años, fue ingresado en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid con pronóstico grave. Sus palabras en una entrevista reciente son decidoras. “Yo vivo en una agitación permanente y eso contribuye a que el organismo se vea obligado a responder. No obstante, siento que la muerte se acerca con pasos sigilosos, no con los fusiles de antaño; es la ley natural, por eso vivo con una intensidad enorme”.

Ese mismo día de noviembre, se ha ido el poeta, no alcanzó a llegar a los 100 años como deseaba.

Si salgo un día a la vida

mi casa no tendrá llaves:

siempre abierta, como el mar,

el sol y el aire.

Que entren la noche y el día.

Y la lluvia azul. La tarde.

El rojo pan de la aurora.

La luna, mi dulce amante.

Que la amistad no detenga

sus pasos en mis umbrales.

Ni la golondrina, el vuelo.

Ni el amor, sus labios. Nadie.

Mi casa y mi corazón

nunca cerrados: que pasen

los pájaros, los amigos,

el sol y el aire.

 

1  Marcos Ana. De: “Poemas de la prisión y la vida”.

2  Dramaturgo español, ganador del Premio Lope de Vega en 1949 y del Premio Cervantes en 1986.

Nota: otros poemas de Marcos Ana en: http://trianarts.com/marcos -ana

Extractos sacados de: Marcos Ana. Vale la pena luchar. Madrid, julio de 2013

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