¿La revolución sin revolución cultural? Jóvenes mujeres y la Unidad Popular

Por Yanny Santa Cruz

Profesora y Magíster en Historia, USACH.

 

 A pesar de los movimientos feministas, y el intento de poner en la palestra a las mujeres como sujetos fundamentales en la historia de Chile, aún siguen existiendo vagos acercamientos a los diferentes roles e importancia en nuestra historia. Resulta aún peor mirar la de las mujeres populares en los márgenes de los márgenes; por ejemplo sobre aquellas que llegaron a Iquique, a la escuela Santa María, no solo “apoyando” a sus compañeros, sino entendiendo que la lucha por la dignidad y el trabajo tenía que ver con la comunidad, con un todo. O recordar a aquellas que en Dictadura Militar se movilizaron por la lucha y la defensa de los Derechos Humanos, no sólo de sus maridos o hijos, sino por la idea de una sociedad más justa.

Por este motivo hablar de la Unidad Popular (UP) continúa siendo tema masculino, de hombres que trabajaron por y para la Revolución2. Mientras que las mujeres, aparecen en la memoria colectiva como “las momias” y “viejas fachas” en los cacerolazos protestando contra la UP. Y, aunque sabemos que la historia es distinta (o al menos con varias aristas de análisis), debemos recordar y otorgarle valor a los variados actores que vivieron la UP. En estas hojas presentaré una pequeña descripción y análisis de las mujeres, en especial de jóvenes estudiantes que creyeron y trabajaron para lo que ellas mismas denominaron el proceso revolucionario y que constituyen parte importante de los diferentes sujetos que creyeron e imaginaron el proyecto popular en Chile.

“Niñas” y no mujeres…

Primero es necesario entender que las jóvenes estudiantes de izquierda vivían y gestaron redes en diferentes espacios. El primero sin duda el colegio o la universidad, lugar donde muchas veces comienzan los primeros procesos de politización, de apropiación de espacios y discursos. Para el caso de las escolares, es importante recordar que los colegios en su gran mayoría se dividían según sexo, de “niñas” o varones, primera diferencia sustantiva en torno a las responsabilidades y categorías. No son mujeres, sino “niñas”. Esto tiene un rol fundamental en la significación que tendrán las tareas femeninas y masculinas en una sociedad que vivió cambios sustantivos, tal como lo menciona una ex estudiante del Liceo N°3 de niñas: “Los Liceos, eran como liceos de señorita, el rol de una era portarse bien y educarse”3. Las escuelas han sido espacios de reproducción de la sociedad, manteniendo los roles femenino y masculino tradicionales. Sin embargo las militancias políticas, los espacios de formación o incluso las labores que realizaban en los Trabajos Voluntarios durante los tres años de la UP, tienden a romper medianamente los roles establecidos en torno al deber ser mujer, los que se encuentran vinculados a la maternidad, el cuidado de la virginidad y el ser buena esposa. Un ejemplo es el relato de P. M., quien fue a trabajar en pos del funcionamiento del país para seguir con la producción, en un contexto de acaparamiento, crisis económica y bloqueo, y es cuando baja a una mina y relata: “Fuimos seis mujeres que bajamos a la mina… estuve en Schwager. Fuimos seis mujeres y por supuesto con este mito de que hay accidentes cuando una mujer entra a la mina”4, rompiendo así con una de las tradiciones más potentes y antiguas: el enojo o “celo” de la mina cuando entra una mujer. El trabajo para extraer el material de nuestra tierra aparecen de manera equitativa tanto mujeres como hombres; mujeres que apostaban por apoyar y levantar el proyecto de cambio. Pareciera que el deber ser mujer quedara apaciguado, o al menos disminuido ante el llamado de los partidos políticos y de la Unidad Popular a cumplir con el deber ser militante, en defensa de la patria socialista; tal como constantemente llamó el gobierno a trabajar y participar de las diferentes instancias, principalmente, las referidas a los trabajos voluntarios en la fábrica, campo o poblaciones.

Revolución versus género

En relación al trabajo en las militancias, las estudiantes declaran haber trabajado codo a codo con sus compañeros, a no presenciar diferencias sustantivas. Es más, muchas veces la coyuntura, la lucha política cotidiana superaba las problemáticas relacionadas a temas de violencia de género. Un ejemplo de esto, es el relato de M. E. L., quien cuenta que tras realizar una marcha contra lo que denominaron los “Vampiros de Quinta Normal”, sujetos que atacaban sexualmente a las estudiantes a la salida del colegio, ocurría que “… esto terminaba siempre en la embajada de Estados Unidos, finalmente era el imperialismo que tenía la culpa. Entonces terminábamos siempre, con piedras, con palos, con lo que fuera, en contra de los gringos…”5. Entendiendo entonces que el deber era con la revolución, hegemonizando los temas relativos a la cuestión del género y los roles.

Sin embargo, ser mujer, ser una joven mujer muchas veces significaba (incluso hasta hoy) vivir con el miedo de la sexualidad, la virginidad, de la posibilidad de quedar embarazada, debate que se instala más profundamente con la creación de la pastilla anticonceptiva en la década de los sesenta. Los medios y los grupos más conservadores hablaban de incitación al libertinaje, a la instauración de “Sodoma y Gomorra” en nuestras sociedades. La virginidad y el sexo fueron temas complejos y que muchas veces no estuvieron en la palestra como parte importante de los debates y necesidad de cambio por una nueva y mejor sociedad.

Muchas veces son las propias jóvenes las que ven con “malos ojos” los “atraques” o encuentros prematrimoniales. Un ejemplo de esto es uno de los testimonios que aparece en la revista Viaje por la Juventud6, donde una joven declara: “Para mí el atrinque, es sinónimo de oscuridad. Apenas el cabro te invita a pasear a donde estemos más tranquilos, a la terraza, ¡Tate! ¡Este huevo quiere sal! Y el atraque o pololeo gestado en la frivolidad de una fiesta no es base para iniciar nada serio. Al contrario, es denigratorio para una chiquilla”. Otros testimonios de jóvenes mujeres cuestionan las relaciones prematrimoniales porque “… después ni se casan con una…”. Estas frases dejan entrever los miedos y los roles de las jóvenes en torno a “cuidar” su virginidad, la cual se encuentra íntimamente relacionada con el ser esposa y madre. El matrimonio continuó siendo una institución deseada, manteniendo los tradicionales roles de género. Sin embargo, en círculos más académicos y partidistas se menciona la necesidad de romper el sistema capitalista, como fuente de reproducción de los paradigmas sexuales y hegemónicos. La liberación sexual, vendría abrazada de la liberación del hombre en el mundo capitalista: “En el capitalismo el proceso de socialización primario se caracteriza por una represión de los instintos sexuales que crea sentimientos de miedo”7. Desde esta visión, el origen es el sistema capitalista, entendiendo que la familia sólo constituye un espacio más de reproducción de la explotación del “hombre” por el “hombre”.

Pero ¿cómo vivieron estas reflexiones las jóvenes? Podemos vislumbrar algunas características, a través de la prensa de la época. Por ejemplo en la revista Ramona, perteneciente a las Juventudes Comunistas (JJCC), se encontraron algunos debates y cuestionamientos a las definiciones respecto de la virginidad y los roles establecidos, y a pesar de que “tanto el Partido Comunista de Chile como las JJCC defendieron a la familia en tanto ideal… ambas organizaciones comenzaron a elaborar discursos discordantes en lo que respecta a los quiebres matrimoniales”8. La revista Ramona, liderada por jóvenes, trató temas tales como la sexualidad, la homosexualidad, la virginidad, las pastillas anticonceptivas, entre otras, dejando entrever una apertura y una distancia con la otra generación del PC. De aquí que este medio de comunicación podría ser el reflejo de algunas de las discusiones y debates que se generaron en tal nicho político.

El rol de los medios

Ahora bien, desde la visión de una sociedad más conservadora, los jóvenes, y en especial las “lolas” se muestran con un cariz de alegría y de constante júbilo. La fiesta y el amor, cosifican a la juventud y los debates que estos producen. Una revista popular de la época para jóvenes (en especial enfocada a mujeres), Ritmo tuvo como línea central la perpetuación de los roles tradicionales en la juventud. Así las jóvenes “consumían” una cierta noción de lo que se debía y entendía como mujer en la década de los setenta. La socióloga Silvia Lamadrid explica que la revista mostraba que “la vida no se entendía si no era en pareja y en que el amor era el eje de la experiencia vital de las muchachas. El tiempo que ellas tenían que destinar a convertirse en muchachas encantadoras (y casaderas) torcía el énfasis en el desarrollo personal”9.

En las páginas, a través de consejos y reportajes se continuó perpetuando una determinada idea de la mujer joven, de la mujer que se relacionaba constantemente con el vínculo con la familia, los niños y el esposo. La alta masificación y el recuerdo actual de esta revista de las jóvenes invita a reflexionar sobre los discursos que las mismas muchachas manejaron o al menos, con los cuales tuvieron que lidiar.

De esta manera, podemos decir que si bien en aspectos meramente políticos las jóvenes quebraron e intentaron romper con los determinados roles, a pesar de que sus tareas siempre se encontraban hegemonizadas por la revolución, en los aspectos político-culturales, existieron continuidades que se reflejan en las propias visiones que ellas y los medios de comunicación realizaban sobre su deber ser: mamá-hija-esposa. Esto, sumado a que los movimientos feministas de la época se entendían como temas burgueses (desde los distintos grupos de izquierda), se evidencia más aún la disociación entre los espacios políticos y cotidianos-familiares en relación a los roles de subordinación.

Durante la dictadura

Ahora bien, toda la gestación de reflexiones, tareas políticas y apoyo a la Unidad Popular queda cimentado bajo el yugo de la Dictadura Cívico-Militar iniciada en 1973. Desde ese momento ¿qué rol o qué visión comienza a tener la sociedad dictatorial frente a la mujer? Sin duda alguna la visión conservadora y patriarcal hegemoniza la sociedad, y la mujer es vista como “acompañante del hombre”, como objeto, como “deber ser” mamá-hija-esposa. La anulación política de muchas jóvenes, en especial mujeres que cayeron en tortura, se vinculó al ejercicio de la violación sexual. Históricamente esta práctica es “normalizada” en periodos de guerra, donde las mujeres son un trofeo más, una conquista, un territorio de hombres “del otro bando”. Su sexo es la manipulación y objeto de los propósitos políticos. Sólo en el informe Valech que testimonió a 3.399 mujeres, se establece que “casi todas las mujeres dijeron haber sido objeto de violencia sexual, sin distinción de edades, y 316 dijeron haber sido violadas”10. La anulación de las y los sujetos políticos era la base de la sociedad dictatorial, a punta de miedo, terror, muerte y tortura, pero para la mujer se suma la violación como práctica que materializa la idea de objeto sexual, de “cumplir” su rol, de gestación, sin quejarse, y más importante aún, sin politizarse. Por otra parte, con la reestructuración y masificación de CEMA Chile (institución liderada por Lucía Hiriart11 que tiene el objetivo de trabajar para y con los Centros de Madres), empieza a difundirse una idea de mujer dueña de casa, madre y esposa. Esta institución será fundamental en demostrar que el rol de la mujer (que desea la Dictadura) es “con y para el hombre”.

Pero será en la década de los ochenta donde las mujeres nuevamente van a alzar sus discursos, desde movimientos de Derechos Humanos, partidos políticos de izquierda o en las Jornadas de Protestas donde los y las jóvenes fueron los protagonistas del descontento social en un contexto dictatorial. Van a pasar de lo privado a tener tareas relevantes de carácter público. Su deber ya no está consignado a la casa, como lo deseó la dictadura (¿alguna vez lo estuvo?), sino a la lucha política y humana, en la calle, en la prensa, en los partidos políticos, en la clandestinidad, etc.

En este corto trayecto histórico ¿qué elementos son de continuidad y cambio respecto de las jóvenes mujeres?, ¿qué paradigmas han cambiado? Hoy nadie podría negar que hay una nueva generación que ha comenzado a cuestionar un sistema económico y político, y junto con ello las visiones y “roles” que se establecen arbitrariamente a las jóvenes mujeres. Pero estos estallidos tienen larga data, tienen un ir y venir, quiebres, avances y retrocesos. Seguir aplastando las ideas conservadoras (de izquierda y derecha) es parte de la lucha de los nuevos movimientos feministas en Chile.

 

Notas:

1  Esta reflexión nace a partir del trabajo de investigación tesis de Magister en Historia denominado Revolución Secundaria: estudiantes secundarios durante la Unidad Popular, que contó con diversas entrevistas, revisión de prensa y revistas de la época y que tuvo como objetivo comprender las acciones y diversas apropiaciones del proceso histórico de la Unidad Popular por parte de estudiantes secundarios.

2  A pesar de lo complejo que podría resultar denominar la Unidad Popu        lar como una Revolución, utilizaremos este término debido a que son los conceptos que se usaron en las fuentes y en las propias mujeres de la época.

3  Entrevista M. E. L. Noviembre 2015.

4  Colección del Archivo Oral Villa Grimaldi. P. M.

5  Entrevista M. E. L. Noviembre 2015.

6  Revista editada por Editorial Quimantú creada en el periodo de la Unidad Popular.

7  Represión sexual y manipulación social. Norbert Lechner. Revista

       CEREN N°12. Abril 1972 p.247.

8  Alfonso Salgado. Una pequeña revolución. Las juventudes comunistas ante el sexo y el matrimonio. En: Rolando Alvarez y Manuel Loyola (Ed). Un Trébol de cuatro hojas. Ariadna 2014. p.165.

9  Silvia Lamadrid. Ritmo revisitado. Representaciones de género en la década de los 60. p.408.

10  Informe Valech p.252.

11 Esposa del dictador Augusto Pinochet y quien dirigió y gestionó la organización CEMA Chile.

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